La salud mental a nivel mundial se encuentra estancada y, en gran medida, esa situación estaría vinculada con el bajo bienestar de la población juvenil. Esa es la principal conclusión de un estudio de la Universidad de Columbia, que señala que la desigualdad en las oportunidades económicas y educativas, sumada a la falta de conexiones sociales, afecta la vitalidad y la capacidad de resiliencia de los jóvenes frente a generaciones mayores.

La investigación analizó una encuesta aplicada a más de 50.000 personas en 92 países. El cuestionario incluyó 10 preguntas sobre distintas dimensiones del bienestar, entre ellas la sensación de competencia, el optimismo, la autoestima, las emociones positivas y el compromiso.

Además, los autores relevaron trastornos comunes como el estrés, la depresión y la ansiedad, y cruzaron esos datos con variables demográficas como edad, sexo, nivel socioeconómico y situación laboral.

Después de comparar la información, el estudio concluyó que, aunque la evaluación global de la salud mental muestra resultados positivos, las puntuaciones de las diez dimensiones analizadas fueron moderadas o bajas. El artículo publicado en la revista Social Indicators Research afirma que esto indica que la salud mental puede ser deficiente o estar en un estado precario en gran parte de la población mundial.

Los investigadores remarcan que los participantes jóvenes mostraron niveles alarmantes en tres aspectos centrales: la vitalidad, entendida como energía para afrontar la vida cotidiana; la estabilidad emocional, ligada al manejo de las emociones; y la resiliencia, que permite recuperarse de situaciones adversas.

El trabajo también sostiene que el deterioro no se limita a países con dificultades socioeconómicas, sino que alcanza también a regiones de altos ingresos, en especial a naciones de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos y del norte de Europa.

El informe cuestiona además la idea de que la juventud sea la etapa más satisfactoria de la vida. “Los adultos jóvenes tienen un bienestar significativamente menor que otros grupos de edad”, sostiene el texto. Según los especialistas, esta situación podría relacionarse con la incertidumbre económica, la inestabilidad política, la falta de oportunidades, el estrés y el deterioro de las relaciones sociales.

En términos generales, las dimensiones mejor puntuadas fueron las relaciones, el sentido de la vida, la competencia, el compromiso y la autoestima. Para los autores, eso sugiere que muchas personas se autoevalúan de forma positiva, pero tienen una visión negativa de los factores externos que afectan su bienestar.

El análisis también reafirmó el vínculo entre condiciones económicas y salud mental: quienes tuvieron mayores ingresos y más recursos desde la infancia reportaron mejores niveles de bienestar. A su vez, cada avance en la formación educativa se asoció con mejores puntuaciones, al igual que el empleo estable y la vida en compañía.

Kai Ruggeri, profesor del Departamento de Políticas y Gestión Sanitaria en la Escuela de Salud Pública Mailman de la Universidad de Columbia y autor principal del estudio, afirmó que los hallazgos “son una señal de alarma”. El trabajo concluye, además, que no debe confundirse salud mental con enfermedades mentales, ya que una persona puede no presentar un trastorno psicológico y aun así tener un bienestar moderado o deficiente.