Una serie de incidentes con cables submarinos de Internet volvió a poner en foco la seguridad de una infraestructura clave para las comunicaciones internacionales. Los episodios se registraron principalmente en Europa y Asia y, en algunos casos, despertaron sospechas de sabotaje.

La investigadora Elisabeth Braw, del Atlantic Council, abordó estos riesgos en su libro Undersea War, donde analiza el impacto que podrían tener ataques o daños intencionales sobre estas redes. Más del 99% del intercambio internacional de datos circula por cables de fibra óptica instalados bajo los océanos, según la Unión Internacional de Telecomunicaciones.

Entre los hechos recientes figura el daño a dos cables submarinos en el mar Báltico en noviembre de 2024. La investigación se centró en el carguero chino Yi Peng 3, pero no logró demostrar que los cortes hubieran sido provocados deliberadamente.

Un mes después, el 25 de diciembre de 2024, el petrolero Eagle S arrastró su ancla durante unos 90 kilómetros y dañó cuatro cables de telecomunicaciones y el enlace eléctrico EstLink 2, que conecta Finlandia con Estonia. El caso derivó en acusaciones contra tres oficiales y sigue abierto en la justicia finlandesa.

En febrero de 2025, otro episodio ocurrió en Asia, cuando el carguero Hong Tai 58 dañó un cable submarino que conecta Taiwán con las islas Penghu. La justicia taiwanesa condenó a su capitán a tres años de prisión, una pena luego confirmada en segunda instancia.

También hubo una advertencia en septiembre de 2026, cuando una operación conjunta de Reino Unido, Noruega y Estados Unidos detectó submarinos rusos cerca del archipiélago de Svalbard, en el Ártico, durante prácticas vinculadas con tecnología destinada a inutilizar cables submarinos. Rusia negó estar preparando operaciones de sabotaje contra países de la OTAN.

Frente a estos episodios, la OTAN reforzó la vigilancia en el mar Báltico y la Comisión Europea anunció en febrero de 2026 una inversión de 347 millones de euros para proyectos estratégicos de protección y reparación.

El principal temor de especialistas y gobiernos es que varios daños simultáneos compliquen la conectividad de países o regiones con pocas rutas alternativas. La reparación, además, puede demorar por la necesidad de localizar el tramo afectado y trabajar con barcos especializados.