Nuestra sociedad, y cada uno de nosotros, tenemos experiencia de manos violentas, o cerradas, porque buscan acumular más y más…, o mezquinas para dar al obrero su salario, o ausentes de cariño y delicadeza de una manera especial hacia su familia, o depredadoras de la naturaleza.
Jesús Resucitado nos alienta: “¡No tengan miedo! Aquí están mis manos: mírenlas”. Ciertamente son manos heridas, porque amaron sin límite, pero libres y abiertas para acariciar, abrazar, bendecir y abarcar a todos. ¡Que sus manos toquen y liberen las nuestras, llenándolas de su amor y compasión!
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