Decir “el Lupo” en Río Gallegos es traer a Néstor Kirchner de vuelta a su lugar de origen. Al colegio, al básquet, a los amigos que lo conocieron mucho antes de que su apellido se volviera parte de las conversaciones de todo un continente. El apodo guarda esa cercanía: la de alguien cuya historia empezó en las mismas calles por las que seguimos caminando.
Este 27 de octubre se cumplen 16 años de su muerte. En su ciudad natal, el aniversario tiene también esa dimensión íntima: recordar a un dirigente que llegó a la Presidencia es volver sobre la historia del vecino que había empezado a construir su camino acá.
“Era el personaje del equipo”, recordó Carlos Tuñón, su compañero de colegio y de básquet, en un reportaje publicado en 2003. En aquellos recuerdos del Nacional República de Guatemala aparece un Néstor joven, efusivo, capaz de encender un partido. De ese grupo de amigos también salió el apodo: primero Lupín, por el personaje de historieta; después, simplemente, Lupo.
Río Gallegos fue el lugar al que regresó después de estudiar Derecho en La Plata. Acá armó su estudio jurídico y su familia junto a Cristina Fernández, y acá construyó el proyecto político que lo llevaría a la Intendencia, a la Gobernación y, finalmente, a la Casa Rosada. Esa relación entre el vecino y el dirigente es parte de lo que vuelve distinto su recuerdo en esta ciudad.
Él mismo dejó un relato de lo que significaba aquella responsabilidad puertas adentro. En un discurso de 2007 contó que, el día que asumió como presidente, cerró la puerta de su despacho y abrazó a Cristina y a sus hijos, Florencia y Máximo. “Vamos a dejar todo”, les dijo. También recordó su preocupación por el estado del país y las lágrimas de ese momento. En ese recuerdo aparecía el marido y el padre, compartiendo con su familia el peso de lo que estaba por comenzar.
Afuera había dejado otra imagen que acompañaría su historia: el presidente recién asumido que se acercaba a la multitud frente a la Casa Rosada, recibía abrazos y apretones de manos y terminaba con una herida en la frente en medio del tumulto. Aquel encuentro con la gente mostró, desde el primer día, una forma de ejercer la cercanía que sus seguidores recordarían.
El afecto se vinculó también con las decisiones de su gobierno. La recuperación del empleo después de la crisis, el impulso a los juicios por los crímenes de la dictadura y la transformación de la ex ESMA en un espacio de memoria quedaron asociados a su presidencia. Para comprender el vínculo con quienes lo acompañaron, esas decisiones forman parte de la historia tanto como los abrazos.
Su voz alcanzó una dimensión latinoamericana. Junto a Lula da Silva y Hugo Chávez fue protagonista de la oposición al ALCA en Mar del Plata. Más tarde, como primer secretario general de la Unasur, participó en las gestiones para recomponer las relaciones entre Colombia y Venezuela. El hombre que había hecho política en Río Gallegos intervenía en discusiones sobre el rumbo de la región.
Cuando murió, el cariño se hizo visible en las despedidas. En su ciudad quedó la imagen de los vecinos que se acercaron a la autopista 17 de Octubre para acompañar el cortejo que llevaba sus restos al cementerio. Era el 29 de octubre de 2010. Río Gallegos volvía a recibir a quien había nacido y construido buena parte de su vida aquí.
Hoy, para quienes lo quisieron, volver a llamarlo Lupo es conservar una forma de cercanía. La historia lo llevó muy lejos. El nombre que quedó en su ciudad lo sigue trayendo a casa.
Kirchner junto a la militancia riogalleguense